Hace poco Terry Gilliam se embarcó en uno de sus más anhelados proyectos: The Man Who Killed Don Quijote. Tuvo un primer intento en el año 2000, pero problemas de financiamiento y principalmente de rodaje, producto de varias contingencias climáticas, tiraron al suelo la producción. Dicha situación quedó retratada en el documental Lost in La Mancha, el que con el tiempo se ha transformado en uno de los testimonios más brutales en torno a todos los pormenores que pueden destruir un proyecto cinematográfico.

Gilliam es un cineasta complejo, quien ha desarrollado una filmografía muy particular a nivel visual. Sus obsesiones se centran en la deconstrucción del tiempo, en la exageración narrativa, en la descripción del mal gusto, en la posibilidad de conectar el terreno de la fantasía con la realidad y en la parodia como crítica hacia la sociedad estratificada y capitalista.

Es curioso como un americano haya sido capaz de tener un humor tan británico, pasando a ser uno de los creadores del grupo cómico inglés Monty Python. Junto al desaparecido Graham Chapman, Terry Jones, John Cleese, Eric Idle y Michael Palin, el director de 12 Monos comenzó a idear sueños junto con situaciones excéntricas que pudiesen verse en pantalla. El humor de Gilliam es políticamente incorrecto, roza el mal gusto y el absurdo. Su gran valor como autor pertenece al terreno de la imaginería visual, siempre con críticas que son feroces hacia la clase media, el empresariado y la autoridad (imposible olvidar su corto Seguros Permanentes Crimson que antecede el filme Monty Python El sentido de la Vida). En 1975 realizó su primer largometraje junto a Terry Jones: Monty Python y los Caballeros de la Mesa Cuadrada. En aquel filme los espectadores pudieron apreciar el cariño de Gilliam por las historias de caballería, elemento presente en casi toda su filmografía. Sin embargo, recién en 1977 estrenó su primera película en solitario: Jabberwocky. La historia, basada en un poema del escritor Lewis Carroll y presente en su obra Alicia a través del Espejo, se centra en Dennis Cooper (Michael Palin), un ingenuo campesino que en el periodo de la edad media decide probar suerte en la ciudad. Es un hombre con grandes ambiciones, pero poca astucia que deja atrás a su amada Griselda para adquirir fortuna. Sin embargo, llega a un reino asediado por Jabberwocky, un monstruo que mutila a cualquier ser humano que se cruce por su camino.

Jabberwocky representa el terreno de la fantasía de Gilliam, quien ironiza sobre el control de la autoridad, además del aprovechamiento de mercaderes y obispos ante una población que busca salvarse de la letal bestia que aguarda detrás de las paredes del castillo. La imaginaría visual de Gilliam es todo lo barroca que puede ser. Abunda la sangre, situaciones escatológicas y la comedia desde un punto de vista libertino y desenfadado. Las escenas de justas y de caballeros con armaduras son notables, siendo un adelanto de escenas un poco más elaboradas algunos años más tarde en The Fisher King. Jabberwocky es la desmitificación del terreno en el cual surgen las grandes leyendas.

El primer filme en solitario de Gilliam es una sátira en cada uno de sus escenas. El director de Brazil siempre ha mostrado cariño por sus personajes, dotándolos con nombres que también hablan de sus miserias. En Jabberwocky tenemos al rey Bruno, el Cuestionable (Max Vall), nombre que de por sí es una irreverencia hacia el símbolo de autoridad que representa. Los personajes de Gilliam generalmente son exagerados y volátiles, cuyos finales nunca son felices, sino más bien un resultado que corresponde al terreno de la ironía.

Los inicios de Gilliam fueron difíciles y Jabberwocky no fue la excepción, en especial con un público y crítica que en el año de su estreno esperaba ver una nueva extensión de Monthy Python. Toda la carrera de Gilliam ha sido compleja y casi ninguno de sus proyectos se ha rodado sin problemas, en particular por tensas relaciones con los grandes estudios cinematográficos. Lo bueno de todo esto es que a Terry Gilliam no le importa aquello porque su objetivo siempre ha sido provocar, ir en contra del establishment. Su cine es sucio, incorrecto y con Jabberwocky admitió -en su estupenda autobiografía Gilliamismo Memorias Prepóstumas- que le gustaba la idea de molestar a los estadounidenses y su cine extremadamente limpio y políticamente correcto.

Es cierto que Jabberwocky en ocasiones cansa un poco, ya que todo el cine de Gilliam usualmente se sustenta en el exceso de información, ya sea visual, estética o narrativa. Aun así, se trata de una obra tremendamente fascinante. Pareciera ser que en cada escena todo estuvo permitido, a la vez que es innegable cierta sensación de perversidad. Esto porque el protagonista es sometido a situaciones extremas hasta que finalmente consigue, accidentalmente, destruir a Jabberwocky. Dicho resultado lo conduce a un final no deseado, llevándolo hacia la ilusión de un epílogo feliz.

Terry Gilliam nos ha cautivado durante años con espacios temporales y fantasías que en el celuloide, en la gran pantalla, adquiren sentido. Su cine es ambición visual y exceso como elemento narrativo casi circense, creando de paso nuevas técnicas en donde la animación y lo real se fusionan para sorprender a los espectadores. Gilliam nos ha dejado siempre con la boca abierta y esperamos que lo siga haciendo durante algunos años más. Jabberwocky fue el inicio del valor autoral de Gilliam en cada una de sus escenas y provocaciones.

Título original: Jabberwocky / Director: Terry Gilliam / Intérpretes: Michael Palin, Harry H. Corbett, John Le Mesurier, Warren Mitchell y Max Vall / Año: 1977.