Persiste un cierto desdén de parte de la crítica especializada al momento de evaluar películas que se acercan al melodrama, es decir, aquellas historias de lágrima fácil y escenas endulcoradas. También es cierto que determinados montajes audiovisuales consiguen manipular a las audiencias, creándose una reacción facilista y sin demasiados cuestionamientos. Ahora bien, cineastas con Douglas Sirk fueron verdaderos autores en torno al melodrama y en algún momento fueron rechazados para años después ser considerados visionarios y originales.

Las películas dramáticas que podrían considerarse demasiado excesivas en torno a discusiones, enfermedades, desencuentros amorosos y personajes tristes y solitarios son abundantes, aspectos que se exacerban con una sucesión de momentos que dejan llorando a los espectadores y otros recursos que nos manipulan como una música incidental intensa y repetitiva, abrazos, flashbacks en torno a un mejor pasado y miradas eternas hacia un horizonte desde el cual tratamos de buscar respuestas.

Pero a mí me gusta que cada cierto tiempo me manipulen. Por ejemplo, Kramer versus Kramer obtuvo un polémico premio Oscar a la Mejor Película de 1979, por encima de la totalmente extraordinaria, en lo formal y narrativo, Apocalypse Now. Ahora bien, es cierto que el filme de Robert Benton tiene sus méritos y a nadie dejó indiferente el tour de force interpretativo de Dustin Hoffman y de Meryl Streep. Algo similar sucedió con Gente como Uno de Robert Redford un año más tarde. De cualquier forma, e independiente de las diversas opiniones, consideré pertinente rescatar algunas películas de las cuales es imposible no conmoverse. Me refiero a ciertos títulos que pocos recuerdan, si bien son filmes absolutamente disfrutables, en especial por las interpretaciones. Las siguientes películas me emocionaron y algunas de ellas me hicieron llorar porque a medida que uno crece, te vas identificando con las historias. Incluso, éstas te evocan recuerdos sobre tus padres, primeros amores y amistades. A continuación, comparto con ustedes algunas películas que bien vale la pena revisionar y de las cuales hay notables méritos de sus directores y equipos de producción, así como de sus intérpretes.

Dad: nuestro papá en el rostro de Jack Lemmon

El cineasta Gary David Goldberg apenas dirigió dos películas: Dad de 1989 y Must Love Dogs, en 2005. No es un nombre muy conocido, pero dentro del círculo audiovisual estadounidense se le conoce como escritor y creador de Family Ties, célebre sitcom que en Chile se conoció como Lazos Familiares y desde donde saltó a la fama el actor Michael J. Fox.

Dad es la historia de John Tremont (Ted Danson), quien se topa con la cruda verdad acerca de la fragilidad de sus padres. Su madre (Olympia Dukakis) experimenta un infarto, lo que lo obliga a cuidar a su padre (Jack Lemmon). Esta es una historia que me emocionó mucho cuando la vi hace dos décadas, pero recientemente la valoré aún más. Esto porque mi madre, recientemente, tuvo una compleja operación, a lo que se suma el envejecimiento de mi padre. Recién me di cuenta de que ellos ya no están en una tercera etapa de la vida, sino más bien en una cuarta etapa y final, la que requiere un mayor cuidado, atención y dedicación. Jack Lemmon, que se puso una prótesis para verse más envejecido, enfrenta diversos problemas de salud que ponen a prueba a su hijo. En el filme abundan intensas escenas entre Lemmon y Danson, especialmente en torno a delirios, la pérdida de memoria e incapacidades que son propias de la edad y las enfermedades. Danson se reencuentra con su progenitor, con su humanidad y también con su hijo (Ethan Hawke), a la vez que en pantalla vemos milagros y el tiempo extra y necesario entre un padre y su hijo. Este es un filme para llorar de principio a fin, más aún con el sublime score de James Horner. Todo es abrazos, miradas, comentarios sobre la vida, el deber ser y la humildad ante la muerte, lo único certero en nuestras vidas. Hay algo en esta película que te invade, probablemente su honestidad y falta de pretensiones. Tener presente que fue producida por Amblin Entertainment, la productora de Steven Spielberg.

Mi Vida: el legado audiovisual de un padre

De los cientos de parejas que se han concretado en el cine una muy atípica, en realidad, corresponde a la dupla entre Michael Keaton y Nicole Kidman. Ambos protagonizaron Mi Vida de 1993 bajo la dirección de Bruce Joel Rubin, quien se alzó con el Oscar a Mejor Guion original por Ghost: la sombra del amor. Mi Vida fue su única película, la que podría considerarse como una película de bajo presupuesto. En el filme seguimos la historia de Bob Jones (Keaton), a quien se la he diagnosticado un catastrófico cáncer de páncreas. A Bob le quedan pocos meses de vida, a la vez que su esposa Gail (Kidman) está embarazada. Ante esta compleja sentencia de muerte, el otrora exitoso publicista comienza una carrera contra el tiempo desarrollando diversas grabaciones en video para su hijo venidero. En éstas le enseña a afeitarse, arreglar un auto, practicar deportes y muchos consejos sobre la vida. A ello se suma la historia de Bob, quien desde la negación y pragmatismo comienza a experimentar el sentido de la vida, logrando despojarse de su rabia, frustraciones y traumas gracias a la ayuda de un médico alternativo en el compasivo rostro de Haing S. Ngor.

En Mi Vida también abundan las lágrimas, pero también una conexión más del new age propio de los años 90 y en torno a las mochilas que cargamos. Bob experimenta un viaje de autoconocimiento a través del cual aprende a perdonarse y a perdonar al resto. Keaton explora nuevas facetas como actor, demostrando que es un gran actor dramático, algo de lo que muchos se dieron cuenta en Birdman, décadas más tarde. Mi Vida es una película cruda y también esperanzadora que enseña no tanto a comprender razones, sino más bien a aceptarlas desde la humildad y la más absoluta caridad. En el momento de nuestra muerte o cercano a ésta, todo finalmente se relaciona con nuestra vida, ya sea desde aquellos hechos que nos marcaron en nuestra infancia o vida adulta. Este es un filme que nos enseña, sin pretensiones, sobre las potencialidades que muchas veces se esconden dentro de nuestra propia humanidad, para ser mejor hijo, esposo y persona.

El Verano del ´42: el primer amor con la música de Michel Legrand

Robert Mulligan siempre ha sido un cineasta menor dentro de la cinematografía estadounidense, siendo uno de sus principales hitos el haber filmado la inolvidable Matar a un Ruiseñor, basado en la novela homónima de la escritora Harper Lee. Mulligan tiene varias joyas en su filmografía, siendo una de ellas El Verano del ´42. Este filme se produjo con apenas 1 millón de dólares y recaudó 32 millones, lo que representó un éxito para Warner Brothers en 1971. El filme es la historia de tres amigos, Hermie (Gary Grimes), Oscy (Jerry Houser) y Benji (Oliver Conant), quienes disfrutan de un verano en torno a juegos, diversión y, sobre todo, el despertar sexual. Conquistar chicas y experimentar el sexo es la meta entre los adolescentes.

¿Qué es lo interesante de este filme? Sin lugar a duda su extrema autenticidad entre los jóvenes intérpretes, destacando Gary Grimes en el rol de Hermie. Su fragilidad queda en evidencia, en especial al conocer a Dorothy (la hermosa Jennifer O´Neill), una mujer que ha quedado sola luego de despedir a su marido quien va camino a la guerra, en las costas de Francia. Las conversaciones entre los actores son naturales y las trivialidades de las cuales están preocupados adquieren muchos significados. Son los diálogos e intereses que todos nosotros hemos experimentado cuando éramos jóvenes teniendo presente el poder del cine, aquellas tardes de verano sin propósito alguno, y las confusiones de la adolescencia. Como espectadores no recordamos los diálogos, pero si los gestos y situaciones, en particular, cuando Hermie tiene un importante momento de intimidad afectiva y sexual con Dorothy, su anhelado objeto del deseo. Lo anterior, en torno a una escena elegante, de luces y sombras al compás del oscarizado score de Michel Legrand. Aquella escena, con sus silencios y miradas, y también de mucha empatía, es sublime. Parece la evocación de un sueño del cual Hermie despierta simplemente para darse cuenta de que ya no es un adolescente, sino un adulto en camino a otros dolores y preocupaciones. El Verano del ´42 es una carta de amor a la atribulada y efímera adolescencia.