William Friedkin fue uno de los cineastas más valientes y atrevidos de Hollywood. Muchos críticos y pares lo atacaron, lo sindicaron como un megalómano, obsesivo y controlador. Sin embargo, fueron estas particularidades de su personalidad las que le permitieron desarrollar una filmografía fuera de los convencionalismos de los grandes estudios. Siempre se rebeló e impuso su estilo propio en torno a películas fundacionales del género thriller y terror estadounidense. Con Contacto en Francia (1971) asombró a sus pares, con un relato vertiginoso en torno a Jimmy “Popeye” Doyle (Gene Hackman), un policía violento y malas pulgas que imponía la ley a la fuerza. Posteriormente, vino El Exorcista (1973), una obra que se transformó en el primer blockbuster del cine americano, previo a Tiburón, en torno a una historia sobre el mal colándose en una casa y en la vida de un niña común y corriente. Ambas obras, con un estilo documental muy marcado, se perfilaron como importantes relatos del movimiento Nuevo Hollywood.
Sin embargo, Friedkin también fue maltratado, en especial durante la realización de aquel proyecto maldito que significó Sorcerer (1977), remake de El Salario del Miedo de Henri-Georges Clouzot, el cual tuvo diversas versiones y dificultades durante su rodaje. Aun así, dicho filme continúa fascinando a los cinéfilos de todo el mundo. Desde mi perspectiva, Sorcerer es una de las mejores películas de los años 70, una historia sobre perdedores que buscan algún tipo de redención en medio de una selva que se asemeja al mismísimo infierno.
Friedkin tuvo otros filmes muy relevantes como Vivir y Morir en Los Ángeles (1984), experimentó una época de vacas flacas a fines de los 80, con películas más discretas como El Guardián (1990), fue vilipendiado injustamente por Jade (1995) a mediados de los 90 aprovechando el tirón de Bajos Instintos y, después de muchas idas y venidas, tuvo un llamativo resurgimiento durante la primera década del siglo XXI, con Reglas de Combate (2000), The Hunted (2003) y Bug (2009). Sin duda, su filmografía fue muy variada desde diversos géneros e intereses, pero sí puedo decir que Friedkin como cineasta nunca dejó a nadie indiferente.
En esta oportunidad quiero rescatar el filme Cruising (1980), probablemente el proyecto más polémico, ambicioso e incomprendido de Friedkin. El filme comenzó como un proyecto maldito cuyo protagónico estuvo pensado para Richard Gere, si bien al final el papel recayó en Al Pacino. El actor interpretó a Steve Burns, un policía que encuentra en una misión la oportunidad de convertirse de ascender a detective. El trabajo en la superficie parece sencillo: operar como policía encubierto para capturar a un asesino de homosexuales. Lo anterior, adentrándose en la escena de clubes gays de principios de los años 80. La cámara de Friedkin explora el fetichismo, el hedonismo y el sexo desenfrenado que se producía en los clubes nocturnos de una Nueva York que durante la noche era el espacio idóneo para miles de personas, con alter egos de hombres que buscaban sexo casual y sin censura, en una época previa a la crisis del Sida.
Cruising nos presenta escenarios incómodos, el tabú de la noche newyorkina desde la mirada algo perdida de Al Pacino, quien desarrolla uno de sus roles más osados. William Friedkin no se reserva nada. Al contrario, lo muestra todo. En Cruising no hay misterios, sino más bien el registro de un submundo con sus propios códigos y formas de relacionamiento entre sujetos dispuestos a intimar sin tapujos. Han pasado 45 años desde el estreno de filme y todavía sigue produciendo en los espectadores una absoluta sensación de perplejidad ante los momentos que vemos en pantalla. A ello se suma la transformación interna de Al Pacino, cuyo personaje tiene que lidiar con situaciones que confrontan su sexualidad y la manera de percibir el mundo. La supuesta vida rutinaria y citadina experimenta una metamorfosis social en medio de las sospechas y posibilidades en torno a la identidad de un asesino despiadado y perturbado.
Cada momento de Cruising ejerce en los espectadores una sensación de absoluta extrañeza. Todo lo que vemos en la pantalla está orquestado para producir una reacción, a la vez que somos testigos de una de las interpretaciones más comedidas de Al Pacino, muy alejado de los modismos y exageraciones de otros trabajos de su última etapa como actor. Cruising es el lado B de una ciudad implacable y variopinta, en donde no hay límites sociales y menos sexuales. Muchos críticos y espectadores rechazaron la película en 1980, a través de diversas protestas, sindicándola como una caricatura de los movimientos homosexuales de la época. No obstante, y más allá de las críticas, el filme muestra realidades que resultan violentas desde y contra los representantes de los colectivos homosexuales. Ahora bien, Friedkin simplemente nos muestra un punto de vista, además del misterio en torno a la figura de un asesino desdoblado y amortajado a partir de sus traumas familiares.
Lo más interesante de Cruising es el final, un momento en donde el protagonista pasa de ser un héroe a una posibilidad extraña, impensada y que nos descoloca. A lo largo de la película experimentamos un relato intenso, si bien es la insinuación final la que termina conduciendo al filme hacia un terreno de mayor perplejidad, en donde quizá nunca existan respuestas o certezas, sino más bien inquietudes e intereses casi imposibles de comprender. Cruising es una obra brutal, extraña y quizá una de las últimas obras del movimiento Nuevo Hollywood. Para los estándares de hoy, sería impensado el financiamiento de una película de este estilo y temáticas, pero son todas estas cualidades las que impulsan al filme de Friedkin hacia la conformación de una obra extraña previo al existimo y convencionalismos del cine estadounidense de los años ochenta.
William Friedkin se atrevió con una película que mantiene intereses y una forma de ver el mundo y el cine como nuevas posibilidades en torno a la narrativa cinematográfica. Pocos directores se hubiesen atrevido a realizar una película de esta envergadura. Friedkin lo hizo, sin miedo, sin reservas y desde el punto de vista de una realidad implacable. Sin duda, un filme a redescubrir y a rescatar dentro de su fascinante, dispar y valiosa filmografía.
Título original: Cruising / Director: William Friedkin / Intérpretes: Al Pacino, Karen Allen, Paul Sorvino, Richard Cox, Don Scardino, Joe Spinell y Jay Acovone / Año: 1980.




