Uwe Boll es un cineasta de brocha gorda. Sus películas usualmente carecen de delicadezas. En vez de ello, hay un exceso de imágenes y planos, falta de historias y una infinidad de pobres actuaciones, todo finalmente reducido a una filmografía con poco a rescatar. Sin embargo, el realizador alemán ha logrado mantenerse en la industria del cine con películas olvidables (Alone in the Dark, Rampage: President Down). Ahora bien, luego de varios años de circo consigue un éxito mediático, uno de esos golpes de suerte que más allá de las carencias de Boll como director le ha permitido una exposición muy particular ante la opinión pública, la que tiene ciertos paralelismos con Michael Winner, polémico cineasta inglés de las décadas de los años 70 y 80.

Citizen Vigilante no es sólo la última película de Uwe Boll, sino también una muy personal declaración de principios desde su rol de director, productor, guionista y director de fotografía. En el filme se nos presenta la figura de un vigilante interpretado por Armie Hammer (Call Me By Your Name), quien, en medio de una Europa convulsionada por el crimen, la violencia y la impunidad, busca castigar a inmigrantes que han recurrido a la violencia para abusar del prójimo. Al más puro estilo de Charles Bronson en El Vengador Anónimo (1974) y sus secuelas, este vigilante estadounidense busca impartir justicia por sus propias manos ante una policía y tribunales de justicia que han fracasado en sus intentos por proporcionar seguridad a familias, jóvenes y ancianos.

El filme parte con rudeza, con un crimen sin motivo que nos recuerda lo que sucedió con Iryna Zarutska, una refugiada ucraniana de 23 años que fue fatalmente atacada en un bus por un hombre en Estados Unidos. En los primeros minutos del filme vemos el asesinato de una madre, una acción desmedida sin ninguna razón. También observamos desde el principio las reacciones que se producen en redes sociales en torno a un vigilante anónimo que busca delatar la inoperancia del Estado o gobierno de turno al no poder garantizar seguridad civil. La profunda voz de Armie Hammer comienza de a poco a deslizar ideas, comentarios y rabia contenida, pero también estamos ante la presencia de un sociópata con varias contradicciones, si bien el filme tampoco busca analizar los soles y bemoles de la migración. En el filme todo se reduce a un mensaje panfletario y casi caricaturesco de migrantes responsables de la ola delictual que experimenta la sociedad, si bien se deslizan ideas interesantes, más hacia el final, sobre el choque cultural y religioso entre personas de diversas procedencias.

Algo de verdad hay en las palabras del vigilante cuando éste señala que la tolerancia también consiste en respetar las creencias e idiosincrasia locales, lo que a ojos del mundo islámico extremo se presenta como una contradicción. Más allá de posiciones de extrema izquierda o de extrema derecha, la tolerancia va en dos direcciones y ahí justamente falla el discurso de Uwe Boll, ya que la protección de la democracia debería ser un principio previo al de cualquier religión o creencia política. Finalmente, lo que muestra Citizen Vigilante es un punto de vista válido, por cierto, pero bien podría haberse planteado desde una perspectiva un poco más conciliadora. Además, el personaje que interpreta Armie Hammer se siente a veces incompleto. Cuesta descifrarlo y si el filme hubiese profundizado un poco más en sus motivaciones estaríamos hablando de una obra un poco más redonda.

Pero aquí tampoco se trata de ser puristas o de condenar. Esto porque, y aquí viene lo políticamente incorrecto, hay escenas que seguramente provocarán la satisfacción de los espectadores, por ejemplo, cuando el vigilante castiga a un juez garantista o cuando ejecuta a un grupo de muchachos que violaron y abusaron de una joven inocente, y que por ciertos tecnicismos o frases para el bronce fueron absueltos. Todos, y aquí no seamos cínicos, nos hemos alegrado cuando un conductor evita una encerrona atropellando al bandido de turno o cuando se han producido linchamientos ciudadanos. Todo esto nos obligar a preguntarnos cuáles son nuestras creencias, valores y hasta qué punto podemos ser capaces de impartir perdón sin mirar atrás. Sin embargo, somos humanos y muchas veces también nos hemos conducido por la violencia del vigilante que vemos en pantalla. No podemos desconocer aquello y, quizá, ahí está el principal valor del filme, el hecho que nos hace cuestionarnos desde su más absoluta violencia.

Volviendo a la vinculación con El Vengador Anónimo (1974), en donde el arquitecto Paul Kersey (Charles Bronson) se vengaba de quienes ultrajaron a su familia, aquí podemos observar una cinta polémica que centraba la criminalidad de la época principalmente en latinos y afroamericanos. Bronson literalmente se “cargaba” a cuanto malhechor se topaba. Luego, con las secuelas, la violencia se incrementó. El responsable de los tres primeros capítulos de esta franquicia fue Michael Winner, quien en su momento fue tildado de fascista y cruel con sus actores durante los rodajes. Es cierto que Winner era un hombre complejo, pero realizó filmes interesantes (Lawman, The Mechanic, Scorpio) y también se debe considerar que El Vengador Anónimo fue una respuesta, en clave del subgénero explotation, sobre la violencia que reinaba en Estados Unidos durante los años 80, con una ciudad de Nueva York al borde del colapso. Harry El Sucio también hizo lo suyo en aquellos años, sin duda uno de los personajes de Clint Eastwood más icónicos y queridos por las audiencias y, sobre todo, por los cinéfilos.

El Vengador Anónimo de 1974 es una buena película. Cruda, sí, pero interesante a observar y analizar, y también valiosa producto del carisma taciturno de Bronson. Citizen Vigilante no es una buena película, pero aquello no significa que debe ser una obra condenada o repudiada. También tiene puntos atractivos tanto por sus planteamientos como por su rabia contenida, y porque expresa la frustración acumulada dentro de una sociedad tremendamente polarizada. A ello se suma que es una inteligente campaña de marketing, en especial, por el retorno de Armie Hammer al cine, quien cometió algunas faltas. Hammer es el resultado de la actual cultura de la cancelación, la que a veces obedece también a modas y a la exaltación de las masas desde lo mediático. Lo cierto es que es un muy buen intérprete y en Citizen Vigilante hace lo que puede con el guion que tiene a mano. Estuvo varios años confinado al olvido y desprecio y, creo, que se merece un poco de redención. Por lo que sabemos, nunca se comió a nadie.

Citizen Vigilante es una manifestación de los tiempos que vivimos y lo peor que podríamos hacer es censurarla, ya que censurar cualquier tipo de manifestación es un acto antidemocrático en sí. Finalmente, será las audiencias quienes definirán sus propias conclusiones. Si condenamos a Citizen Vigilante también estaríamos condenando otros productos audiovisuales, por ejemplo, del cine gore y del citado subgénero explotation. Recordemos que en los años 80 hubo una infinidad de campañas contra las obras del subgénero slasher por ser consideradas antifeministas o contrarias a los valores familiares, lo que a ojos de hoy fue una reacción totalmente desmedida y absurda. También están los fatídicos influencers que buscan polemizar con tonos de voz más altos y frases cliché que aportan poco o nada a la discusión. En vez de todo ello, sugiero no dejarse influenciar por el ruido de las RRSS y de los medios, y también del boca en boca. En vez de ello, vea el filme y fórmese sus propias conclusiones. Aquello es sano y también habla del cine como expresión audiovisual en donde todos tienen la posibilidad de estrenar sus historias, incluso el mismísimo Uwe Boll.

Título original: Citizen Vigilante / Director: Uwe Boll / Intérpretes: Armie Hammer y Costas Mandylor / Año: 2026.